martes, mayo 30, 2006

La ciudad digital

La Ciudad Digital

Alfonso Vegara Gómez



La sociedad del Saber

En los años 70 del siglo XX, el sociólogo Daniel Bell acuña el concepto de sociedad
post-industrial. En su importante esfuerzo de prospectiva trata de caracterizar el cambio en la estructura de la sociedad industrial norteamericana. La sociedad post-industrial comienza a distinguirse por el peso del sector servicios en la vida económica, por una expansión productiva dirigida por una tecnología intelectual capaz de controlar contextos complejos y por la emergencia de profesionales que se configuran como el grupo de empleo predominante. Este cambio de una economía centrada en los bienes a una economía centrada en los servicios sólo es posible, para Bell, por la preeminencia del conocimiento y de la tecnología. Hoy la investigación científica y el desarrollo de nuevas tecnologías son un claro exponente de la relevancia del conocimiento en la sociedad. Bell analizaba la inversión en investigación y desarrollo concluyendo que el cambio tendría un perfil sociológico y no sólo económico: “La sociedad post-industrial representa un cambio creciente y no planeado del carácter de la sociedad, como resultado de la lógica de la organización socio-económica, y un cambio en el carácter del conocimiento”. Aquí ya aparece el concepto de “sociedad del conocimiento”. Bell llega a decir que “...la sociedad misma se convierte en una trama de conciencia”, acentuando el intangible de la inteligencia de una sociedad, de su saber colectivo y su aplicabilidad.

Hablar de sociedad del conocimiento es hablar de algo en proceso, que ocurre parcialmente, que hoy se manifiesta tanto en casos de extraordinario desarrollo local asociados a una gran vitalidad social, como en la generación de nuevas élites o en la nueva insurgencia social, comprometiendo el campo de los valores.

Efectivamente, la revolución digital tiene que ver con nuestra capacidad de conocer, de disponer de determinadas informaciones, de actuar en consecuencia, aunque no siempre facilite la tarea más profunda de comprender. Estamos inmersos en sus procesos, y lo que podemos esclarecer o vislumbrar no es mucho, más allá de mostrar entusiasmo o de acentuar los riesgos. La alteración de las relaciones sociales en un contexto dominado por los mass-media había sido anticipada por McLuhan, que es el primero que da cuenta de la forma eléctrica de la revolución de la información, en los albores de la revolución digital, cuando en su Galaxia Gutemberg señala que la nueva interdependencia electrónica recrea el mundo a imagen de una aldea global.

Ya había ocurrido antes. En su conocido pasaje literario Victor Hugo hace hablar a uno de sus personajes más abyectos, Frolo, delante de uno de los entonces escasos y novedosos libros impresos: “esto matará a aquello, el libro matará al edificio”, dice el arcediano a la vez que señala la catedral de París. Expresa así el escritor la estupefacción y la inteligencia con la que el gerente de Nôtre Dâme percibe que la letra impresa matará a una cultura que encuentra en la catedral su máxima expresión transmisora. La arquitectura es hasta Gutemberg la primera herramienta de comunicación. Pensadores de la talla de Marx quedaron impresionados por este pasaje. McLuhan en el inicio de la revolución digital recupera esta conciencia de cambio. Muy cerca de donde él escribe se construirá, en un garaje, el primer ordenador personal, alter ego del libro.

La nueva sociedad del saber se materializa hoy más en la información y en el acceso a dicha información que, estrictamente, en el conocimiento. La tecnología facilita sucedáneos a la imaginación, individual y colectiva, a través de la posibilidad de una oferta casi infinita de datos y de memoria, de reelaboraciones alternativas en un contexto de comunicación cada vez más amplio. Se puede estar mejor informado y tomar decisiones antes que otros. Todo se acelera, incluso la conciencia de que la sociedad de la información acentúa la desigualdad, ya que los verdaderos factores de innovación no están al alcance de todos. En cuatro o cinco ciudades del mundo hay más premios Nobel que en todo el resto. Hay lugares privilegiados por tamaño y tradición cultural. Las mejores mentes de nuestro tiempo, nuestros “Leonardos”, están dedicados al esfuerzo de crear ese mundo artificial o cibermundo, de naturaleza mineral o biológica, concentrando nuestra ilusión de progreso en la creación de herramientas inteligentes, en una sociedad del saber que sin embargo no sabe si es una sociedad más sabia. Porque la información considerada como una ventaja competitiva no conduce per se a una sociedad más sabia. La red favorece lógicas mercantiles y una promesa de eficacia-confort, seguridad, diversión, mejora... y a la vez la red es también un vehículo para la organización y el intercambio de ideas, abriendo la via colaborativa a un horizonte sin limitaciones.

Con sencillez el arquitecto Richard Rogers representa la postura más optimista, partiendo de que la nueva tecnología de la información está transformando radicalmente la sociedad y las mentes de los ciudadanos con las tecnologías sofisticadas están reemplazando a las materias primas y a la fuerza bruta. La red está propiciando la emergencia de una economía creativa. Los intercambios entre arte y tecnología se están convirtiendo en la savia de la nueva economía y de la futura prosperidad. Aprender, vivir y trabajar serán actividades cada vez más solapadas. En este siglo la economía va a depender del conocimiento y el intercambio creativo generará necesidades personales mucho más diversificadas. Las nuevas tecnologías están liberando la educación y el trabajo de sus lugares tradicionales. Las fronteras perfectamente delimitadas de las distintas actividades del pasado -fábrica, oficina, universidad...- se sustituyen por el trabajo en red. Las pequeñas compañías serán mucho menos dependientes de las grandes estructuras económicas y estarán más sólidamente enraizadas en la estructura urbana compleja y diversa, donde emergerá una red de empleo local diseminado por toda la ciudad, especialmente por los lugares con carácter y atractivo, solapamiento de lugares de arte y cultura con los espacios de empleo y residencia, emergencia de servicios diversificados y recuperación del espacio urbano como lugar de encuentro en la ciudad. La renovación urbana será una constante y serán más vibrantes los espacios urbanos que acojan las actividades de la nueva economía. Esta difuminación de los límites entre el horario de trabajo y el resto de las actividades diarias centrará las ciudades alrededor de núcleos más compactos y mixtos socialmente, lo cual será una premisa de sostenibilidad.

Mezclando su ideario sostenible y su confianza en la tecnología Rogers se pregunta, ¿de qué modo puede el diseño de las ciudades alentar la economía creativa? Vida y espacios públicos, educación y adaptación al medio ambiente son los aspectos que considera centrales, con implicaciones en la arquitectura y en la forma urbana: “...a medida que las estructuras se aligeren, los edificios serán más permeables y los peatones se moverán más a su través que a su alrededor... La calle y el parque podrán ser parte del edificio y éste planeará sobre ellos”.


Innovación y territorio

El interés por la revolución tecnológica y los cambios sociales no sólo hicieron posibles análisis bien fundados como el de Bell, sino que han avivado desde entonces ensayos de muy diverso tipo interesados por decirnos cómo va a ser el futuro de la ciudad y del territorio, aventurándose en el interior de lo nuevo. Toffler acuña con éxito también al final de los 70, en plena crisis industrial, el término “La tercera ola” , prediciendo una marea de cambio en medio del caos aparente, la señal de una civilización naciente y verdaderamente humana, mostrando temas que hoy relacionamos con la denominada revolución digital: la necesidad de un entorno inteligente, de medios de comunicación desmasificados, predominio de las minorías, aparición de tecnorrebeldes, relevancia de la industria genética, emergencia del hogar electrónico y del teletrabajo, crisis de la corporación, una nueva imagen de la naturaleza, etc. En su torbellino mental comienza a hablar de telecomunidad y confía en la reestructuración del trabajo gracias a lo que denominaba ordenador doméstico. Esta premonición, la del teletrabajo, arraigará como un lugar común creando malentendidos que todavía duran. Sin embargo lo que ha ocurrido es el despliegue del PC, el computador personal y no el ordenador doméstico, que ha influido mucho más en la estructuración del trabajo, comenzando por la fábrica y la oficina y sus tareas, que en la transformación del hogar. Y es el trabajo y en general el proceso de producción de bienes y servicios el que se altera, transformando la vida profundamente.

La ciudad contemporánea demuestra su comportamiento como una gran infraestructura organizada por las redes que garantizan el intercambio de personas, bienes, servicios, información. Manuel Castells ha sido una de las voces pioneras en descubrir en las nuevas tecnologías un importante agente de cambio social y territorial. Estamos entrando en una era informacional. En un mundo cada vez más globalizado en su economía, la revolución tecnológica ha afectado profundamente a los procesos de gestión y de información que dirigen la producción y el intercambio. Son fenómenos que suceden casi de repente, por ejemplo la hoy imprescindible world wide web comienza a difundirse a partir de 1995. En su percepción sobre la sociedad de la información Castells ha insistido en el aumento impredecible de la conectividad que crean las nuevas tecnologías -los ICTs, Information & Communication Technologies-, con un incremento de las formas de intercambio tal que el espacio de flujos va a dominar al espacio tradicional, concebido como sistema de lugares. Como consecuencia, afirma Castells, todo lo que vaya a ser relevante de alguna manera para la gente tenderá a organizarse a través de redes.

Hay también en Castells un tema que es recurrente: la relación entre la red y el yo, al lado de su preocupación por el aumento de la exclusión y de la desigualdad, de la emergencia de un Cuarto Mundo. En la sociedad red es central el papel de la identidad, de la búsqueda de sentido. El proceso de avance tecnológico ha conducido a la percepción de una comunicación ilimitada en convivencia con la fragmentación identitaria, con conflictos culturales profundos. El significado social y vital del espacio y del tiempo en la sociedad informacional está profundamente alterado. Castells muestra como no es posible entender nuestro mundo sin tomarnos la tecnología en serio, y que la acción social no debe renunciar a la racionalidad. Los conceptos de sociedad red o de espacio de flujos son útiles en el intento de buscar explicaciones. Sin embargo su descripción de lo que está ocurriendo en el mundo, con la internacionalización del crimen y el aumento de la pobreza urbana, con la violencia y desastre en tantos paises, es desoladora. Hay una tendencia al nihilismo -individual- y al cinismo -social-, a pesar de lo cual Castells confía en una sociedad formada por personas bien informadas y capaces de comunicarse.

Comprender la sociedad red, la importancia de las redes y de sus flujos, de los nodos y de sus interacciones, afecta a cualquier estrategia territorial, y por supuesto, afectará en gran medida al diseño de las ciudades del futuro.

La percepción central sobre el espacio de flujos -y su consecuente funcionamiento en red- tiene antecedentes. El automóvil utilizado masivamente, con el consecuente incremento de la movilidad, y el teléfono con sus derivados, facilitaron una primera revolución en las tendencias de localización de residencia y de la actividad, y por lo tanto en los usos del suelo. Es lo que ya en los años 60 analiza Melvin Weber, hablando de “non place urban realm” , el dominio de lo “ilocal”, mostrando cómo las nuevas infraestructuras de transporte y de comunicación erosionaban la teoría dominante de explicación de los espacios urbanos y de las pautas de localización de las actividades y de las viviendas, entonces fundadas en el principio tradicional de centralidad. Al incrementarse la movilidad las posibilidades de localización son mucho más abiertas y la pendularidad de los viajes afecta a áreas urbanas muy amplias. En este contexto resulta necesario analizar los flujos y no sólo los centros existentes. Este tema lo aborda Castells por primera vez en su Informational City, donde a partir de un prolijo análisis de los espacios donde se concentraba la producción ligada a las nuevas tecnologías en Norteamérica se deducía una nueva lógica de localización y concentración de las actividades innovadoras, para dar valor central a los flujos de información generados por la estructura misma de la actividad y de su sistema de interacciones. Interacciones relativamente independientes de la atracción ejercida por los grandes centros urbanos tradicionales.

Dupuy aporta una interesante visión del territorio organizado por redes derivadas de los diferentes sistemas de infraestructuras, donde la accesibilidad condiciona los factores de localización de la actividad económica. Redes cuyos principales centros nodales y corredores son determinantes en las transformaciones territoriales. La sociedad post-industrial, gracias al desarrollo de los ICTs, se caracteriza por aportar un extraordinario potencial de accesibilidad y de interacción, y si consideramos que accesibilidad e interacción están en la sustancia de lo urbano, no cabe duda de que dicho potencial tendrá un efecto extraordinario en la estructura de nuestras ciudades y territorios.

La descentralización espacial tuvo su origen en la facilidad para la movilidad privada y en la disponibilidad de infraestructuras, que hacían mucho más elásticas las opciones de localización y facilitaban la descentralización de algunas actividades productivas. El cambio de modelo tecnológico y el desarrollo de la sociedad de la información facilitaron la crisis del modelo fordista, con el abandono de la gran fábrica autosuficiente. Se producen profundos cambios en las relaciones espacio-temporales que soportan los sistemas urbanos, la distancia se reduce por la facilidad del transporte y por la accesibilidad que ofrecen las nuevas tecnologías. Una contracción del espacio que genera una alianza económica entre la ciudad y su región, fruto del despliegue de una economía vinculada tanto a factores globales como locales por un espacio cada vez más amplio. Se buscan emplazamientos atractivos y bien comunicados. Al abaratarse los costes de implantación por alejamiento del centro urbano, se dispone de mayor superficie para desarrollar actividades que necesitan ser reorganizadas por las nuevas tecnologías. No se realiza de forma uniforme, algunas economías locales salen fortalecidas frente a otras porque la innovación no sucede en todos los casos. La forma urbana dispersa se corresponde a una distribución heterogénea de actividad en el territorio difícilmente reducible a un modelo, ya que el patrón de cada región es diferente. A pesar de ello la centralidad fundada en la concentración espacial sigue siendo necesaria y las ventajas de lo grande conviven con las ventajas de lo pequeño, compatibles con las nuevas posibilidades de interacción.

Si tuviéramos que mapificar la compleja ciudad contemporánea, las viejas analogías ya no sirven. Deberíamos acudir a referencias derivadas de estructuras microscópicas o del cosmos, a imágenes fractales y a la organización de partículas, campos y líneas de fuerza, a la configuración de complejas cadenas de materia, a sistemas planetarios y constelaciones, a esas máquinas tan difíciles de comprender, las proteínas, a los complejos códigos genéticos que hoy son interpretados con series gráficas y numéricas, de nuevo una analogía cibernética. Sin embargo, la pérdida de valor del concepto clásico de centralidad en la nueva economía no conduce inmediatamente a su sustitución por un concepto equivalente. Los procesos de descentralización espacial han sido espontáneos y han generado externalidades que nadie ha atendido. La ciudad emergente se caracteriza por su dinamismo, por la mayor interacción y la mayor generación de viajes, con un tráfico siempre creciente, por el incremento de la conectividad -de todo tipo- y sus consecuencias en una sociedad dominada por las reglas del mercado, las relaciones mercantiles tienden a dominar peligrosamente la vida colectiva. Históricamente siempre se ha producido una relación clara entre innovación y territorio, y de forma especial, la revolución digital está afectando tanto a los flujos como a los nodos que organizan nuestra estructura territorial. La compleja y dispersa ciudad contemporánea y sus tensiones de transformación son un exponente claro de esta nueva relación entre innovación y territorio.

Los territorios de la nueva economía

Silicon Valley es, con la Ruta 128 de Boston, la 202 de Filadelfia, los asentamientos de Microsoft en Seattle, el Triángulo de Investigación de Carolina del Norte, el enlace entre Londres y Cambridge en Inglaterra, las ciudades de la ciencia en Japón o Bangalore en la India, uno de esos lugares privilegiados de la innovación, donde la denominada sociedad del conocimiento ha expresado sus cualidades particulares, su capacidad para acumular creatividad, desarrollo tecnológico, dinamismo innovador y riqueza. Son lugares próximos a universidades relevantes, pero también cerca de grandes concentraciones empresariales, lugares donde se piensa el futuro, donde se crean muchas empresas y otras muchas desaparecen casi sin historia, y vuelven a comenzar, donde se intercambia información, donde la inteligencia humana tiene un singular potencial de interacción.

El Valle del Silicio en el condado de Santa Clara, es el espacio donde la innovación asociada a las nuevas tecnologías ocurrió con una intensidad irrepetible. El valle de Santa Clara, al sur de la bahía de San Francisco hacia San José, era en los años 50 un valle agrícola y tranquilo, heredero de la colonización española, donde se habían creado al final del siglo XIX tres pequeñas universidades, la de los Jesuitas de Santa Clara, la estatal en San José y la de Stanford, sobre un rancho denominado Palo Alto. En Stanford, en torno a sus laboratorios de electrónica, emerge la nueva industria, estrechamente ligada a los investigadores, como Heweltt y Packard, que comienzan a finales de los años 30 y crecen al servicio de la industria bélica -instrumentos de navegación, radio, radar, sonar- con la segunda guerra mundial. En 1951 la universidad crea el Stanford Industrial Park, que consolida la idea de promover una comunidad entre la universidad y la empresa privada, gracias a las relaciones entre los graduados y al convencimiento de su promotor, F. Terman. La industrialización de la información tiene lugar aquí, en Palo Alto, arraigada en la idea de que las nuevas tecnologías necesitan de un ambiente creativo y sensible de comunicación, fortalecido por el compromiso de una Universidad sólida y ligado profundamente a la industria emergente. ¿Cómo explicar si no que, en un valle que apenas está dejando de ser rural, se creen la telefonía sin hilos, el lector láser, la calculadora de bolsillo o el computador personal, el video juego...?

A lo largo de un corredor de unos 70 km. y apenas 15 de ancho, sobre una superficie de poco más de 1.000 km2, el Silicon Valley comienza a acoger la industria tecnológica, incluidas las firmas tradicionales que comienzan a instalarse allí, que crece inicialmente con la guerra y al abrigo de los fondos para comunicaciones, instrumental y armamento y, más tarde, con el desarrollo aéreo-espacial. Al amparo de la industria de armamentos y de subvenciones federales para la investigación, primero se consolida en el área la industria de semiconductores, entre 1957 y 1968, desde la mítica Fairchild -creada por los discípulos de Shockley, premio Nobel e inventor del transistor, que se había desplazado desde el Este en 1955- hasta Intel, lo que permite una base de empleo que no deja de crecer, hasta alcanzar una masa crítica extraordinaria de empresas. La invención del circuito integrado, el microprocesador, la programación y desarrollo del lenguaje máquina, el desarrollo de los ordenadores etc. son resultados sorprendentes de una situación excepcional. Probablemente lo que ocurre en Silicon Valley sea irrepetible, aunque hay algunas circunstancias de extraordinario interés para comprender cómo tuvo lugar esa concentración de excelencia. Algunos estudiosos destacan en su explicación que la razón de un ambiente tan innovador descansa en la naturaleza de las relaciones que se establecieron entre los pioneros de la nueva industria, jóvenes investigadores y profesionales que cambiaban de empresa con facilidad pero que conservaban sus vínculos personales: “confederaciones interdependientes de equipos de proyecto ligados entre sí por una comunicación intensa e informal, un reflejo de la estructura descentralizada de la región”.

Con la crisis del 72 las grandes compañías comenzaron a despedir masivamente a sus cuadros técnicos, muchos de ellos prefirieron quedarse en la bahía y comenzar de nuevo, creando en muchos casos sus propias empresas. La relajación de la Guerra Fría y el parón de la carrera espacial hicieron que los fondos públicos dejaran de fluir como antes. Se trata de un momento muy especial de flujo libre de ideas. Disponían de revistas, como Popular Electronics y de clubs de debate, como el Homebrew Computer Club, que facilitaban el intercambio de conocimientos y desvelaban los pequeños avances. El desarrollo de las nuevas tecnologías necesitaba vincularse al desarrollo de la economía habitual, a su aplicación en la producción y en la gestión de bienes y de servicios. Los historiadores del PC muestran cómo se trataba también de descubrir nuevos campos, en muchos casos minusvalorados inicialmente, y de desplegar la innovación en ellos. El primer prototipo, el Altair, se crea en 1975, aunque será tres años más tarde cuando con Apple aparece el PC como tal. El desarrollo del software adecuado era imprescindible para su uso masivo. Con préstamos de Xerox, Apple presenta en 1981 su Macintosh. Pero el mismo año IBM presenta su PC y su acuerdo con Microsoft para aplicar su sistema MS-DOS. Comienza la conocida disputa entre Apple y Microsoft y se produce un rápido cambio del mercado, señales del fin de la era heroica y del período dominado por los hobbits de las nuevas tecnologías. Porque en el origen de la sociedad red hay muchas personalidades autónomas, incluso outsiders, jóvenes ilusionados que comenzaron en los garajes de sus casas, siempre con gran libertad de creación y de comunicación. Demostración de que el proceso de avance tecnológico no es lineal y de que puede surgir con autonomía de la economía oficial.

Algunos vieron los años 80 del Silicon Valley con inquietud, preocupados por la consolidación de la industria de los ordenadores cada vez más madura y sometida a los vaivenes del mercado, por la supuesta crisis de la creatividad inicial, el peligro de desaparición de su modelo descentralizado e interdependiente, apoyado en le capital riesgo y con una producción muy fragmentada. Parecía que aquellos que no supieran trabajar para la industria de electrodomésticos, la gran consumidora de innovación electrónica y sin duda liderada por Japón, no duraría. Sin embargo otros analistas han mostrado cómo las empresas del Valle tenían todavía mucho que decir. Surgen nuevas empresas ligadas a los microprocesadores y a sus desarrollos, con un modelo productivo más flexible, con minifactorías orientadas a productos específicos y sobre la base de una clase profesional muy bien formada, leal entre sí y capaz de adaptarse a las circunstancias, en una especie de reedición del modelo inicial. Ya no se trata de industrias productoras de semiconductores, cuya tendencia es a trasladar las fábricas a territorios con mano de obra y costes más baratos, sino de un complejo de empresas de sistemas y de ordenadores. Se renueva la forma de trabajar, el diseño y el proceso productivo tiende a establecer lazos colaborativos. Las firmas, prestadoras de servicios muy concretos mediante el desarrollo de máquinas y programas, necesitan estrategias de producción estrechamente ligados a los proveedores de componentes muy especializados, que se implican en los procesos de diseño según sus necesidades y generan una capacidad de respuesta increíblemente rápida a las necesidades del mercado. La proximidad de unas empresas con otras es un factor determinante de esta rapidez, lo que consolida la red de relaciones entre las empresas del Valle.

El extraordinario crecimiento urbano de Silicon Valley ha generado importantes problemas ambientales, falta suelo, se extiende la actividad a los valles adyacentes y coexisten problemas de segregación social con problemas funcionales y de congestión derivados de la concentración del empleo en algunas zonas y de la residencia en otras. A pesar de esto, pocos discuten el vigor del área, su capacidad de creación, incluso su capacidad para reinventarse. Los que han analizado el éxito de Silicon Valley hablan de la convivencia de factores internos, como lo son las Universidades y su compromiso, con factores externos, en este caso los fondos públicos para el desarrollo de armamento. La creación de redes que permitan la interacción es determinante. Las empresas de innovación en el caso del Silicon Valley tienden a desarrollarse formando “clusters” porque necesitan aprender unas de otras y porque desarrollan ventajas competitivas al trabajar en un entorno innovador de empresas interrelacionadas.

Es precisamente la defensa de esta idea, la necesidad de crear clusters, de promover la concentración de empresas de tecnología avanzada e innovación, la que en los años 80 lleva a la promoción de parques científicos y tecnológicos con resultados muy dispares. Se inicia un debate sobre cómo promover la innovación y como crear lugares de excelencia directamente orientados hacia el desarrollo tecnológico. El asunto sobre quién financia y promueve conduce en muchos casos a la iniciativa pública. El caso Japonés muestra cómo la experiencia pionera de una ciudad de la ciencia, Tsukuba, pensada al final de los años 50, evoluciona desde un modelo de concentración espacial creado por la iniciativa pública en el entorno de Tokio, hacia la colaboración de la iniciativa pública y la privada en el más exitoso caso de Kansai, de los 80, sobre un modelo policéntrico, ligado a las ciudades de su entorno, como Kioto y Osaka. Los expertos concluyen que la ventaja de Kansai está en que se ha evitado el aislamiento y que su posición en la poblada isla de Honshu facilita sinergias e interacciones. Es lo que parece haber ocurrido en el caso de Bangalore, donde el Estado Indio decidió concentrar sus esfuerzos en investigación tecnológica. Un éxito que tiene que ver con su pertenencia a un inmenso país en vías de desarrollo donde el despliegue tecnológico opera al servicio de una economía expansiva, en pleno crecimiento. También es relevante el caso Finlandés, con Nokia como buque insignia, y un profundo soporte público a las nuevas tecnologías.

De hecho, frente a la aparente espontaneidad y singularidad de los espacios donde el desarrollo de nuevas tecnologías comienza, la iniciativa pública ha tratado de fomentar desde los años 80 espacios que bajo la denominación genérica de parques tecnológicos se plantean el fomento de empresas de I+D como una evolución de los espacios industriales. La iniciativa pública selecciona la localización y prepara la urbanización de complejos al servicio del desarrollo de pequeñas unidades productivas y de investigación de condición muy diversa. Al lado de ello surge la necesidad de fomentar la creatividad empresarial, con el concepto de la incubadora de empresas, un espacio de gestión unitaria al servicio de las empresas nacientes, destinado a facilitar su éxito en el mercado mediante el asesoramiento, el acceso a redes de contactos e instituciones de capital riesgo y la prestación cogestionada de servicios básicos. Estas iniciativas se han desarrollado de manera dispar y con resultados muy diversos en paises y culturas distintos, aunque siempre aparece implicada la iniciativa pública y el intento de atraer inversión privada.

La capacidad innovadora de las empresas, el uso flexible de nuevas tecnologías, la colaboración con otras empresas, la complementariedad de los trabajadores o las características generales de las ciudades son claves de la nueva organización productiva. La innovación ya no es la tarea de inventores aislados sino que surge dentro de redes capaces de difundir la información y en contextos con un alto nivel de formación. La mano de obra especializada, infraestructuras adecuadas y la proximidad de centros de decisión que facilitan la articulación de fondos públicos y privados son factores necesarios. Efectivamente, en el posible éxito de una iniciativa de promoción tecnológica influyen las instituciones y las posibilidades de financiación, pero también influyen las redes sociales locales, los sistemas de información y de relación que éstas habilitan. Surgen nuevas formas organizativas que permiten aventurarse en iniciativas cuyos resultados no están garantizados. La innovación tiende a producirse cuando la sociedad red, sustancia de la sociedad informacional, funciona.

La promoción de parques tecnológicos se convirtió pronto en una estrategia de desarrollo económico y de política regional de fomento de la innovación. En Francia el Estado fomenta en cada ciudad cabecera de región un parque tecnológico, con resultados a veces exitosos como el caso de Sofía-Antípolis, cercano a Niza en los agradables parajes de la Costa Azul. En Alemania el despliegue tecnológico crece al amparo de las universidades y, sobre todo, de las grandes empresas, que desarrollan sus propias iniciativas de innovación, con singulares procesos de concentración como el que tiene lugar en la periferia de Munich. España, debido a su configuración político administrativa, presenta una estrategia singular de desarrollo de Parque Tecnológicos en distintas Comunidades Autónomas. El parque tecnológico del Vallés en Barcelona, Tres Cantos en Madrid, la Cartuja en Sevilla, Zamudio en Bilbao o Boecillo en Valladolid, son algunos ejemplos notables, que conviven con la evidencia de que el verdadero desarrollo innovador está teniendo lugar en torno de las metrópolis con más masa crítica y mayor potencial de interacción global, sobre todo en Madrid y Barcelona. En España la interacción entre los parques tecnológicos y las universidades no ha funcionado hasta ahora suficientemente.

En Gran Bretaña además de los desarrollos con centro en las Universidades, con Cambridge a la cabeza, la innovación se vincula a esfuerzos urbanísticos de condición muy diferente. Las new cities de última generación fueron capaces de ofrecer espacios atractivos para las nuevas actividades. Pero los gobiernos locales se afanan en vincular los procesos de regeneración urbana a la sociedad de la información, planteando espacios adecuados para el desarrollo de empresas emergentes como en los casos de Glasgow o de Newcastle, espacios donde la reconversión industrial había generado un horizonte desolador y donde desde finales de los 80 se realiza un esfuerzo sin precedentes para transformar la base económica. Las estrategias de regeneración urbana están llevando al núcleo del viejo sistema urbano la nueva sociedad red. Hay fenómenos casi espontáneos como la aparición en pleno Nueva York de lo que hoy se denomina el Silicon Alley o callejón del silicio, o acciones mediante programas públicos de renovación urbana destinados al fomento de la nueva economía, como el 22@bcn iniciado en el Poblenou de Barcelona. Todos ellos hablan de que la revolución digital no es algo que tenga que ver sólo con las periferias y que los espacios de las nuevas tecnologías pueden estar en el corazón de nuestras ciudades, donde hay lugares disponibles, posibilidades de sinergia, mezcla de usos y espacios y edificaciones valiososos. La creatividad y la innovación surge mejor en lugares con identidad donde la clase creativa de nuestra sociedad prefiere vivir. Quizá en Europa los parques tecnológicos del futuro sean nuestros centros históricos.

La ciud@d tras la revolución digit@l

M. Christine Boyer en “CyberCities” 20 se ha preguntado sobre cómo la sociedad red facilita una realidad inmaterial en el dominio electrónico, detrás de las pantallas o a través de los nuevos dispositivos electrónicos, que conduce al auge de lo virtual. En el espacio de flujos las imágenes parecen eclipsar al lenguaje, de manera que al fragmentarse la información en imágenes y grupos de datos facilitan con sus contradicciones formas fragmentadas de conocimiento. Ello hace posible cierta retirada del mundo -de la realidad-, ya que la percepción sensorial, sobre todo la visual, es muy sensible a la hegemonía de lo inmaterial que tiene lugar en el denominado ciberespacio, un mundo a la vez real e imaginario. Este concepto, acuñado por el escritor de ciencia ficción William Gibson en 1984 plantea la analogía entre la estructura en red de un gran ordenador y la ciudad de Los Ángeles desde el aire. Como si fuera un gran metrópolis sin centro y sin límites, el ciberespacio es la imagen que representa el lugar de esta nueva realidad virtual emergente. N. Negroponte, director del representativo MIT Media Lab, afirmaba en 1995 en su “siendo digital” que la computación no tiene que ver con los ordenadores, sino con la vida, y que la ciudad actual tiene lugar al lado de la ciudad digital emergente.

Se está alterando nuestra forma de conocer y nuestra forma de relación con el mundo sensible, incluida la alteración de las relaciones de nuestros cuerpos con su entorno. La analogía de la máquina en la sociedad industrial, con los entusiasmos futuristas que ello despertó fué sustantiva para el diseño de las viviendas -máquina de habitar- y para el diseño de la ciudad. La analogía del ordenador en la sociedad postindustrial -o postmoderna- es inquietante. En el mundo cibernético el código -el programa- sustituye a la norma.

¿Cuáles son los posibles efectos de la revolución digital en la ciudad del futuro?: “En el siglo XXI la condición de la urbanidad civilizada se puede basar menos en la acumulación de objetos y más en el flujo de información, menos en la centralidad geográfica y más en la conectividad electrónica, menos en el aumento del consumo de los recursos escasos y más en su gestión inteligente. Descubriremos cada vez más que podemos adaptar los lugares existentes a las nuevas necesidades conectando de nuevo el equipamiento, modificando la informática y reorganizando las conexiones red, sin necesidad de demoler las estructuras físicas y construir otras nuevas”.

Como ocurre también con otros autores que han indagado en la sociedad tecnológica del futuro, Mitchell trata con su e-topía de librase del determinismo tecnológico “salvando” temas tales como la importancia del lugar físico y de la presencia en las relaciones económicas. Lo más llamativo será superar la aparente contradicción de un incremento simultáneo de la conectividad y del aislamiento, que en su metáfora-lamento inicial le lleva a Mitchell a demandar la “reinvención del espacio público”. En su reflexión sobre la ciudad digital sin embargo trata de vislumbrar la naturaleza de las mejoras que un medio innovador va a ser capaz de introducir en lo urbano. A la importancia de la infraestructura derivada de las nuevas redes y a su posible adaptación inicial a las estructuras urbanas existentes, añade un futuro capaz de superar la limitación de la pantalla, penetrando en la realidad virtual como si se tratara de superar la limitación del escenario, una realidad aumentada en la que las posibilidades de interacción se multipliquen. La posibilidad de incrementar nuestros ojos y oídos con la nueva tecnología digital, el incremento de objetos inteligentes, su incorporación sistemática al habitar e incluso al vestido, puede ser a la vez ilusionante o inquietante: “Las ciudades del siglo XXI se caracterizarán por ser sistemas de lugares inteligentes, serviciales y adaptables, saturados de programas y de silicio, interconectados e interrelacionados”. En un contexto en el que las relaciones entre vivienda y trabajo se alterarán, sobre una concepción diferente y más flexible del uso del tiempo, la ciudad digital será compleja y exigirá a la planificación ajustes que faciliten esa complejidad derivada de la interacción. Mitchell mantiene que las posibilidades de elección acercarán a los ciudadanos a los lugares más atractivos, por su clima, su riqueza cultural, su paisaje o su ambiente, produciéndose un fortalecimiento en la ciudad de los lugares singulares y de mayor identidad, habida cuenta de la adaptabilidad de las nuevas tecnologías a las estructuras históricas. Consciente del riesgo de una ciudad dual, de la aparición de nuevas fronteras invisibles, la preferencia de este autor hacia la revitalización de la vida local no se menoscaba, manteniendo la ilusión comunitaria, pero ahora múltiple y superpuesta, ya que un individuo puede pertenecer a diversas comunidades virtuales. Frente a la “comunidad sin proximidad” de Melvin Weber, Mitchell confía en que la realidad digital puede fortalecer las relaciones sociales y complementar lo físico.

Sin duda donde la ciudad digital es más real es en el espacio de trabajo. Decíamos que el PC, pensado inicialmente como ordenador doméstico, apenas ha transformado la vida doméstica, sin embargo ha alterado radicalmente las condiciones de trabajo, desde el taller o el pequeño comercio hasta el proceso productivo más complejo, convirtiendo gracias al portátil cualquier espacio, ya sea un tren o el vestíbulo de un hotel, en un lugar de trabajo. El valor estratégico de los entornos innovadores; las posibilidades casi ilimitadas de personalizar la producción y el consumo; la viabilidad de vender antes de fabricar; el intercambio de intangibles; la deslocalización de la producción; el extraordinario potencial de control sobre los procesos productivos o la simple reconfiguración del puesto de trabajo, son temas clave para comprender el gran impacto de la sociedad del conocimiento en la ciudad actual y en la futura.

Thomas A. Horan, uno de los discípulos de Mitchell trata en “Digital Places” de anticipar cómo la nueva tecnología puede contribuir a crear lugares conectados y habitables, atractivos para la gente y para los inversores. El intento de conciliación entre ciberespacio y lugar físico se realiza a partir de la capacidad de adaptación de la tecnología electrónica. La idea de recombinant architecture -arquitectura integradora- de Mitchell, consecuencia de esa capacidad, hace posible el lugar digital como un fortalecimiento de la idea misma de lugar. Partiendo de los conceptos de lugar conocidos, algunos espacios pueden permanecer desenchufados, en otros la tecnología se adaptará incorporando algunos elementos, y en otros se realizará una profunda transformación, garantizando un continuo de lugares digitales. Los principios que orientan el diseño de los lugares digitales son los de localización fluida, garantía de interacción entre lugares y flujos, plenitud de significado en la sinergia entre espacio físico y virtual, conexiones en el umbral que permiten la conectividad entre ambas realidades, democracia en el diseño en aras de la integración y de la participación de los usuarios. Principios aplicables a escala local, urbana y regional. Horan propone un método para convertir la casa, el lugar de trabajo, el comercio y otros lugares vinculados a relaciones terciarias, como cafés, clubs, etc, en una plataforma tecnológica, conectada mediante un ligero incremento de su complejidad. A partir de la transformación de cada uno de los equipamientos comunitarios se puede llegar al diseño de una intranet o comunidad local digital, recreando lugares perdidos y facilitando espacios públicos, tanto reales como virtuales que permitan mayor relación entre sus miembros. A escala regional es necesario facilitar enclaves globales, desde los valles hasta las avenidas, garantizando la conexión en red. Crear un paisaje integrador es para Horan una respuesta a demandas múltiples que hay que hacer al lado del lugar tradicional y del espacio de la comunidad.

En nuestra condición urbana la revolución digital se mezcla en un dinamismo sistemático con las redes de infraestructuras convencionales. Algunos hablan de un urbanismo hecho trizas, astillado, como condición de nuestra sociedad, absolutamente dominada por la compleja movilidad que facilitan los diferentes sistemas tecnológicos. La ciudad es un resultado de procesos socio-tecnológicos y el urbanismo no tiene carácter sustitutivo, sólo puede ser una remediación de espacios e infraestructuras, cuya tendencia es a privatizarse, redefiniendo las escalas y yuxtaponiendo lo nuevo a lo viejo -la arquitectura recombinante de Mitchell-. El urbanismo quizás no pueda más que activar y desactivar, priorizar o marginalizar situaciones, conectar o no conectar espacios.

La arquitectura que surge en esta metrópolis confusa necesita de una nueva manera de mirar. Quizás la de un Cyborg, un híbrido entre hombre y máquina, sea la única posible, una mirada ficticia sobre un territorio que se parece demasiado a los juegos de ordenador como Sim City. Se trata de descifrar de alguna manera la escritura codificada que encontramos al movernos ya no por ciudades, sino por territorios urbanizados. Conscientes de que no son resultados espontáneos, sino consecuencia de fenómenos sociales, económicos y tecnológicos, es fácil intuir que hay en ellos relaciones profundas con nuestras máquinas electrónicas, cada vez más invisibles, porque están insertas en todo. Hay un caos programado, resultado de una economía más urbana que nunca y de una ciudad que se desvanece bajo un ideario de libertad y autonomía. Pensamos en los contrastes entre la velocidad y la espera, el azar, la secuencia de micro-acontecimientos resultado de elecciones concretas que caracterizan la vida urbana cotidiana. Vida en los no-lugares, los espacios habitados “en tránsito”, los que caracterizan nuestras ciudades27. Ya no podemos hablar de periferia, porque las formas de relación propias de la ciudad histórica ya no existen, y porque las redes se extienden y dan vida al territorio. La posibilidad de una teoría general de las redes, capaz de explicar su geometría y organización, defendida por Dupuy, contrasta con su superposición con otras realidades espaciales e inmateriales y con el interés mayor de sus fronteras o límites, sus interfaces y sus umbrales, con aquello que sólo es visible a los ojos de un Cyborg: “Lejos de la imagen unitaria que proponían las perspectivas de las ciudades ideales del Renacimiento, los territorios urbanos de hoy se manifiestan como una yuxtaposición de entidades sin lazos directos entre sí, barrios residenciales, centros comerciales, estaciones y aeropuertos, zonas industriales, servidas por infraestructuras ferroviarias, carreteras y autopistas entrecruzándose”.... Seguimos tratando de comprender.

Si la forma de las redes o el impacto de la revolución digital en las ciudades y el territorio fueran más evidentes, descubrir los códigos en el nuevo paisaje urbano sería más sencillo. La arquitectura al servicio de los nuevos usos tiende a generar acumulaciones locales en torno a sus grandes contenedores -malls comerciales, terminales y estaciones, aeropuertos, centrales logísticas o de transporte, etc-, básicamente porque en ellos dominan las situaciones de tránsito y consumo, dominio definitivo de la información que dificulta el rito del paseo. Nos lo ilustra la Medioteca de Sendai, en Japón, proyectada por Toyo Ito e inaugurada en el año 2001, un edificio media, en el que la función informativa prevalece sobre la habitativa, en el sentido de que el habitar está al servicio del conocer y del dialogar. No se trata de un espacio chatarra, sino de un espacio concebido por la voluntad del “estar dentro” de un ordenador, un espacio abierto, flexible y totalmente artificial dispuesto para procurar la interacción entre el espacio corporal y el espacio mental. La estructura del edificio, hecha de columnas tubulares de acero como haces de bambú, con los servicios en su interior, y plataformas limpias a diferentes alturas, materializa esa voluntad.

El Digital Hub de Dublín

Irlanda, denominada por los economistas el Tigre Celta, es un caso singular de desarrollo apoyado en el despliegue de la industria de las nuevas tecnologías sobre su territorio. Es significativo que 19 de las 25 empresas tecnológicas más importantes del mundo tengan en Irlanda centros de I+D o plantas de producción. El éxito de Dublín se apoya en muy diversos factores y en una serie de aciertos estratégicos y coyunturas favorables.

Una de las razones clave del éxito en la gestión urbana de Dublín y en su capacidad en la atracción de empresas de alta tecnología es la propia eficacia administrativa con la figura del City Manager, con mucho poder, que opera por períodos de 7 años y es elegido por comisiones independientes. Los Alcaldes -Lord Mayor- desempeñan una función fundamentalmente representativa por períodos de un año y son elegidos por los concejales que forman el equipo de gobierno. Hay así un equilibrio entre la componente política y profesional en el gobierno de la ciudad que está dando muy buenos resultados.

La apertura internacional de la economía de Irlanda se ha favorecido por el trabajo importante de una agencia nacional que se dedica a la promoción internacional del país. Además, la integración europea y los fondos estructurales han permitido al país en su conjunto, y muy especialmente a Dublín, dar un salto sin precedentes en su economía. La política fiscal ha sido también decisiva con unos tipos impositivos muy bajos para las empresas. Merece destacarse además la atención prestada al sistema educativo en las últimas décadas que permite disponer hoy día de una población con un nivel de formación importante en el área tecnológica lo cual supone una importante ventaja competitiva. Existe además una relación fuerte entre las universidades, las empresas y los centros de investigación. El coste razonable de la mano de obra, y también los moderados salarios de los profesionales de alto nivel, supone una ventaja adicional para la atracción de empresas que barajan distintas opciones de localización en el mercado internacional. El idioma inglés, que es el idioma de las altas tecnologías, ha sido adicionalmente un factor diferencial sobre todo para la atracción de compañías americanas o de otros paises que quieren operar en Europa. La fortaleza del sector financiero y su proyección internacional es otro factor decisivo. Es importante señalar también el valor de la diáspora irlandesa, es decir, los sutiles vínculos que existen con otros lugares del mundo a través de los 7 millones de irlandeses que emigraron, sobre todo a EEUU, y mantienen fuertes vínculos emocionales y familiares. Finalmente conviene destacar la política urbanística y la disponibilidad de suelo preparado para la implantación de industrias de alta tecnología y proyectos singulares de excelencia como el Digital Hub.

En este contexto nos ha parecido interesante presentar la forma en la que Dublín está abordando el reto de la ciudad digital, y especialmente, los esfuerzos de renovación de la ciudad existente asociados al desarrollo de las empresas de alta tecnología y a la formación y atracción de la clase creativa.

El proyecto de Temple Bar facilitó la rehabilitación de una parte importante del Dublín histórico,
14 hectáreas que reciben su nombre del desaparecido monasterio templario. Al borde del río Liffey, rodeado de edificios singulares como el Trinity College, el Parlamento, el Ayuntamiento o la catedral de Christ Church, el barrio era un complejo de usos mixtos donde se mezclaban edificaciones fabriles en decadencia con un mixto espontáneo de estructura cultural y de ocio que aprovechaba los bajos precios y se instalaba en lugares muy deteriorados. En 1991 se crea una entidad de gestión con soporte estatal y se organiza un concurso, que gana una agrupación de estudios de arquitectura irlandeses. El programa trata de rehabilitar los edificios valiosos existentes y completar los solares vacíos con nuevas arquitecturas adecuadas, respetando la estructura original y siempre mediante la promoción de usos mixtos. El perfil inicial de estos usos estaba orientado hacia la cultura -cine, fotografía...- a la vez que se promovía la zona como espacio de tiendas y restaurantes. También se fomentan usos innovadores y ligados a las nuevas tecnologías y se introducen viviendas, incrementando en unos 3.000 habitantes la población del barrio. Se ha conseguido regenerar un espacio con capacidad para dar vida al centro de la capital irlandesa. Ello se ha logrado con no pocos costes sociales, hay críticas a un proceso que ha expulsado a sectores sociales débiles, bajo el argumento de eliminar el lumpen existente. El barrio hoy tiene una estructura social distinta en la que predominan de las clases creativas y los turistas, que pueden utilizar el nuevo aparato cultural y de ocio creado.

A partir de esta experiencia, en 1995 se propone regenerar la zona noroeste de Dublín, al otro lado del río, surge así el Historic Area Rejuvenation Project, entre el museo nacional y la calle O'Connell, que como en el caso del Temple recibe fondos europeos. En 1999 se define un área de planificación integrada y se comienza a actuar en lugares seleccionados mediante incentivos fiscales a los propietarios. La acción inicial es la del Smithfield Civic Space, el espacio libre público más importante de la ciudad sobre el lugar de un mercado local famoso por su feria de caballos. En uno de sus laterales se está rehabilitando una antigua destilería para un complejo de usos, básicamente de iniciativa privada.

En Dublín hay otros proyectos ambiciosos de mejora urbana en la etapa digital, como la introducción de un metro urbano ligero o el proceso de recuperación de los docklands, al servicio del nuevo desarrollo económico y a partir del fomento del nuevo sector financiero. Pero el proyecto más singular y sin duda a la vanguardia de lo que podemos llamar regeneración urbana es el denominado The Digital Hub -el centro o nodo digital-. Lo es porque no se trata sólo de la recuperación inteligente de una parte en desuso de la ciudad -un área de viejas fábricas en el barrio dublinés de Liberties/Coombe, alrededor de una antigua cervecería Guinness y no muy lejos del Temple Bar, río arriba-, sino por el carácter de la iniciativa y el proceso de gestión planteado.

The Digital Hub es un proyecto de futuro que establece una zona empresarial de carácter internacional vinculada al desarrollo de las nuevas tecnologías de la información o ICT's: una iniciativa pública para crear un centro de excelencia para el fomento de la innovación, creatividad, investigación y aprendizaje orientado al desarrollo de empresas vinculadas a la comunicación digital. Se trata de catalizar en Irlanda el sector de los denominados media -información, difusión cultural, arte, música, comercio en la red...-, actuando en un contexto local con perspectivas globales. El Strategy Document del Digital Hub es esclarecedor. La acción se concibe como la creación de una infraestructura de información en Irlanda que permita contrarrestar la vulnerabilidad de un sector inmerso en una economía global. La visión a largo plazo se centra en la creatividad y el aprendizaje. Se habilitan inicialmente 130 millones de euros de presupuesto público y se crea una agencia específica para dirigir los trabajos; a partir de la primera fase, la financiación restante se realiza mediante un public private partnership. Se favorece la revitalización de toda el área de Liberties/Coombe, donde la tradición industrial había creado una herencia única en cuanto a morfología, escala, grandeza y carácter. Se fomenta así la emergencia de una comunidad local con un fuerte sentimiento de identidad.
La planificación urbana del sector plantea la intrincada trama preexistente como un sistema flexible en el que van encajando las empresas privadas en función de sus necesidades. Dominado por el windmill, un molino de viento restaurado, se desarrolla una acción de cirugía conservativa que va interpretando los diferentes edificios y solares. El proyecto lo desarrolla el Ayuntamiento y algunas empresas públicas dedicadas a la promoción económica, liderados por el gobierno de Irlanda, que a través de su Department of Public Enterprise establece una alianza con el MIT Media Laboratory como locomotora de la idea. Se considera básico que haya una única sede, que se liga a la recuperación de una parte del centro urbano de la ciudad porque ofrece el fundamento idóneo para crear el ambiente que necesita la iniciativa: crear, en un entorno urbano mixto, un cluster verdaderamente inmerso en el centro de la ciudad y donde se mezcla lo nuevo y lo antiguo -¡no sería más fácil irse a la periferia urbana, como en tantos casos!-. La iniciativa plantea prolongar la rica tradición industrial local, promoviendo un espacio para el trabajo moderno. La primera fase de planificación comienza en el 2001, a ésta le sigue una fase de inversión pública para luego facilitar el despliegue de la iniciativa privada. Esta acción de fomento del desarrollo económico se funda en una oferta pública de apoyo inicial a los emprendedores que facilita la instalación de la empresa y le provee de servicios especializados. Pero lo singular de la iniciativa del Digital Hub es que se traslada a un barrio entero de la ciudad por un lado el concepto de incubadora, y por otro el de red interior, básicamente orientada al aprendizaje de los diferentes actores.

La versatilidad del viejo “contenedor” y el despliegue de las nuevas tecnologías permiten que en espacios antiguos se habiliten nuevos usos, creándose lugares privilegiados. El caso de Dublín manifiesta por un lado una forma de actuar continua y sin grandilocuencia, con gran variedad de iniciativas, en las que la conservación de los edificios heredados y la renovación de los tejidos urbanos de la ciudad existente son argumentos permanentes. Pero lo que permite avanzar es sobre todo la inteligencia en la búsqueda de nuevos usos y en la combinación de la acción pública y la iniciativa privada, basada en una batería de herramientas como una planificación negociada, una política fiscal abierta o una estrategia de fomento empresarial efectiva.

One North, Singapur

Se trata de una iniciativa innovadora impulsada por Jurong Town Corporation -JTC-, la agencia pública de Singapur dedicada a la promoción de áreas de actividad económica. Este proyecto se está desarrollando sobre la zona denominada Buona Vista situada en el corazón de la isla de Singapur. One North es el centro tecnológico de última generación de Singapur, concebido como un nodo de innovación que integra la ambición por la excelencia, la eficiencia y el realismo que caracterizan a Singapur desde su independencia en 1965. Sobre la base de su increíble éxito social y económico, la administración de este pequeño Estado, asesorada por expertos internacionales, proyecta un lugar de excelencia destinado a fomentar la imaginación y la creatividad, un entorno de calidad que estimule la innovación en el pensamiento y en la acción. One North tiene una escala pequeña, unas 200 has., y se sitúa en un entorno estratégico para el desarrollo de su perfil en el ámbito de la biotecnología y multimedia. Está junto a los ya consolidados parques científicos, el campus de la Universidad Nacional de Singapur, uno de los hospitales más importantes del país y en las inmediaciones de la “Holland Village” que es uno de los barrios de moda de la ciudad.

One North se concibe con una sólida mezcla de usos docentes, de investigación, empresariales, artísticos, comerciales, residenciales y recreativos. Se plantea con un horizonte de desarrollo de unos 15 años. La primera fase se llama la Biópolis y está ya terminada. Esta descripción inicial de usos muestra una elección muy diferente a la habitual, característica de los parques tecnológicos o de innovación tradicionales. No se trata de crear un lugar de trabajo, sino un espacio para vivir y trabajar en donde las ideas puedan crecer. Para ello las nuevas tecnologías, bajo su condición de infraestructura de comunicación y de herramienta de trabajo, están al servicio del proyecto de crear un ambiente habitable e idóneo. El objetivo del proyecto no es el espacio en sí mismo, sino la gente, aquellas personas con talento que pueden sentirse atraídas por un ambiente único en su esfuerzo por alcanzar la excelencia en sus respectivos campos de trabajo. No sólo científicos, sino también artistas plásticos, músicos, jóvenes con vocación empresarial, etc. Se pretende dotar a esta nueva clase creativa de un espacio agradable, donde puedan desarrollar actividades diferentes, incluidas las de ocio o descanso, y dotado de los mejores equipamientos e infraestructuras posibles -las denominadas world class facilities-. El objetivo del proyecto es muy singular y lo diferencia de otras experiencias internacionales, y no es otro que la formación y atracción de talento, de profesionales creativos capaces de generar innovación que es la base de la nueva economía, y ello, en torno a ciertos sectores clave de futuro que son la biotecnología y multimedia. La creatividad se intenta estimular a través del arte y de los artistas. El magnetismo del lugar, la creación de un ambiente innovador, la capacidad de interacción global, la red de contactos de excelencia asociados al proyecto, etc. son los aspectos críticos que inspiran el diseño urbanístico, la arquitectura, los parques y los equipamientos, y todo ello, con una sólida infraestructura digital de última generación.

One-north está siendo diseñado para estimular los sentidos y la imaginación. Los denominados puntos clave o estratégicos del proyecto son: Talento, creando las condiciones para atraerlo para desarrollar las actividades innovadoras que permiten avanzar a la nueva economía. Estilo de vida, garantizando calidad ambiental de los espacios y de las infraestructuras que los sirven. Conectividad, rápida y eficiente entre lugares, entre instituciones y entre profesionales diferentes. Oportunidad, facilitando la sinergia entre la investigación y la industria, favoreciendo la inversión allí donde surgen las innovaciones.

Decíamos que en One North el espacio está al servicio de la gente. Por ello sus promotores creen que, en el marco de la nueva economía, se necesitan espacios capaces de crear, impulsar y sostener una comunidad vibrante y variada de innovadores, estudiantes, profesionales, emprendedores, investigadores, agentes de capital riesgo, abogados, banqueros, especialistas en comercio electrónico, artistas, periodistas que puedan interactuar, hacer negocios y divertirse juntos. Esta población variada y activa necesita espacios capaces de articular diversión, aprendizaje, trabajo, residencia y vida. El desafío de estos espacios es su capacidad para ser imanes de las personas con talento de todo el mundo, y materializar la innovación con el fomento de actividades de I+D. Para ello se necesita perfilar una coherente identidad local, donde una comunidad sensible a abundantes estímulos y caracterizada por su amplia libertad de opción, desarrolle actividades en las que el espacio público, y que éste sea lugar de contacto social, de encuentro y de experimentación. Los promotores de One North hablan de la importancia de la conectividad, de que cada persona pueda estar conectada con el resto del mundo a través de redes inteligentes de información, conocimiento, transporte, negocios. One North se concibe como una comunidad experimental.

El diseño urbano de One-north ha sido concebido por la arquitecta Zaha Hadid. Se trata de un proyecto que se apoya en la realidad existente e incorpora un trazado orgánico. Más que destacar la estética proyectual, que algunos denominan futurista, lo relevante del proyecto es su impronta paisajística y su singular estructuración urbanística, consecuencia de una geometría muy blanda al servicio de la articulación de los mix funcionales. El eje del proyecto es un sinuoso parque lineal central que conecta un sistema de subcentros nodales, casi siempre accesibles desde el parque y denominados gráficamente Xchange, cada uno de ellos con un determinado perfil y orientación temática propia. Son los lugares donde se intensifica la densidad, la mezcla de usos y el intercambio de ideas. El sistema de transporte público interior está muy adaptado al propio diseño urbanístico y conecta perfectamente con el poderoso sistema de transporte colectivo de la Isla.

El diseño global de One North recuerda la estructura de un centro histórico europeo con calles orgánicas de escala reducida y una serie de nodos o lugares de reunión, espacios para propiciar el encuentro y el intercambio. Esta interacción humana se produce en el espacio físico, y por supuesto, en el espacio virtual a través de la poderosa infraestructura digital creada.

El autor, Alfonso Vegara


Este español está considerado uno de los mejores urbanistas del planeta. Arquitecto, economista y sociólogo ha sabido cultivar enfoques interdiciplinares avanzados para el diseño de modelos e ideas urbanísticas innovadoras en todo el mundo.

Aunque profesor universitario en la Universidad Complutense de Madrid, su actividad profesional le llevó a un sinfín de proyectos y actividades en todo el mundo. Miembro del Consejo Asesor Internacional de la Fundación Eisenhower Exchange, presidida por el ex-presidente George Bush. También ha presidido la International Society of City and Regional Planners (ISOCARP).

En la actulidad es Presidente la Fundación Metrópoli, cuya misión es contribuir a la innovación y al desarrollo de las ciudades y los territorios desde una perspectiva internacional. Sus últimas aportaciones se centran en el proyecto cities en torno al urbanismo de 20 ciudades emblemáticas de todo el mundo.